POESÍA LATINOAMERICANA

Ulises Varsovia

(Chile)

 

Nació el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, cuyo mar y sus tempestades marcaron definitivamente su persona y su poesía. Estudió varias asignaturas humanísticas y trabajó en tres universidades, tanto en historia como en historia del arte, al mismo tiempo que escribía poesía. En 1985 salió a doctorarse a Alemania, y como su esposa es suiza, pudo trabajar y quedarse en San Gall, ciudad en cuya universidad ahora dicta un par de cátedras.

Ha publicado 28 títulos de poesía, cinco de ellos en Chile, y tres dedicados a Valparaíso, el último: Hermanía: La Hermandad de la Orilla, en Apostrophes de Santiago. Ha publicado también en más de 70 revistas de literatura de todo el mundo, en varios idiomas, y repetidas veces, y su obra se encuentra en numerosas páginas web.

En agosto del pasado año salió a la luz en Sevilla, España, su libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myrtos. Esta misma entidad acaba de publicar su Antología Esencial y Otros Poemas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas. Lo último suyo ha aparecido en Vientos de Letras, también antológico, en colaboración con el poeta andaluz Alexis R., editado por Myrtos.

 

POEMAS

Alguien espera

En un lejano, lejano puerto
encallado en los mares del Sur,
habitado por fantasmales rostros,
por rostros de oceánica estirpe.

Rostros como mi borrosa efigie,
soplados por vientos, por difuntos,
por espíritus domésticos
habitando porfiadamente
la desquiciada arquitectura,
las casas clavadas en el aire.

¿Quién espera de cara al mar,
de cara al delgado horizonte
gastado por viajes, por barcos,
por tempestades, por sueños,
quién espera, quién sigue esperando?

Cientos de tormentas desde entonces,
cientos de pulmones eólicos
soplando su gigantesca ira,
hundiendo barcos, arrojando
al fondo de la mar airada
a los hijos de la alborada.

¿Quién aún allí, qué figura
de perfil como mi efigie,
de casi irreconocible faz,
sentada frente al océano,
esperándome, esperándome?

Más allá del tiempo, viajero,
más allá de las tierras arduas,
de islas, istmos, archipiélagos,
más allá de las constelaciones,
de timones, hélices, sextantes,

y más allá aún, tramontana,
detrás de enormes cordilleras,
de enormísimas masas terrestres
rodeadas de extensión salada,

oh, más allá de la vida
y de la muerte, sin sitio,
sin memoria ni domicilio,
colgando del azar y del sueño,

tú, tu presencia itinerante,
tu identidad apenas visible
en papeles de letra muerta,
en fotografías borrándose,
en pisadas hacia el olvido.

¿Quién te espera, entonces, sentada
frente a la inmensidad oceánica,
con sus ojos de niebla clavados
en el horizonte testimonial,
en la línea de delgada bruma?

Tal vez sólo el viento errante,
tal vez tus fantasmas filiales,
tal vez la sombra del primer amor,
tal vez el sueño, tal vez nadie.

Tal vez ese puerto una nave
encallada en tu infancia, hundida
en tu irrecuperable memoria,
sepulta bajo un océano astral

 

Eucaristía

La temprana mañana de julio,
húmeda aún de la recia resaca
arrojada a las calladas playas.

Toda la noche la furia temporal
sus bramidos de apocalípticas fieras
girando en soplido oceánico,
gimiendo por quebradas y cerros.

Ya la familia en marcha, reunida
a bordo de la nave inmóvil,
bajo el velamen del palo mayor.

Eufórica de bríos la tetera
humeando hacia cada mañana
de pan caliente en la mesa,
del cálido tazón ceremonial.

Capitán, la filial tripulación
extenuada en la gran travesía
por infernales mares, por islas
sin mención en cartas ni en leyendas,
perdidas en la bruma onírica.

Escalofriantes monstruos, gorgonas,
gigantescas serpientes marinas
silbando horrísonos alaridos,
y las olas de insólito vértigo
levantando murallas de espuma,
sepultándonos bajo su furia.

A babor las márgenes de finisterre,
y a estribor las pesadillas náuticas
de todos los antepasados muertos.

Pero ahora la familia reunida
en torno al duro pan de cada día,
y en el sacramento del tazón humeante
las manos en unción aferradas,
los labios las palabras rituales,
los rostros cabiszbajos, el perdón.

 

El Pozo

Si arrojas una piedra al pozo,
y esperas, y esperas, y esperas,
esperarás en vano, esperarás
toda una vida, todas las vidas
de quienes allí estuvieron, de quienes
bebieron, como tú, del agua,
bebieron del agua y testimoniaron,
atrapados en la complicidad.

Allí en el fondo, donde tu imagen
quedó atrapada, con las imágenes
de quienes allí se asomaron,
de quienes se inclinaron a beber,
y bebieron agua, ansiedad y dolor,
y bebieron sucios secretos de amor,
bebieron imágenes habitadas.

Alguna vez, en sumo sigilo,
te acercaste al pozo, al atardecer,
o más tarde aún, cuando la luna
lucía hipnótica sobre el agua,
y asomaste tu rostro iniciático
al abismo de la iniciación,
y allí estaban, allí estaban ellos,
reunidos en el silencio lunar,
yuxtapuestos hasta el primer día.

No sólo el agua, varón inconcluso,
no sólo la linfa vital
arañada de la dura tierra:
allí también la unidad tribal,
el ajuar de llaves y contraseñas,
el secreto libro generacional.

Ahora regresas a la edad,
te acercas en sigilo a la noria,
te inclinas sobre el gastado brocal,
y arrojas una piedra al fondo,
y esperas, y esperas, y esperas.

Así esperaras toda una vida,
así esperaras todas las vidas
de tus cómplices allí ahogados,
de tus deudos en la conjuración,

esperarías en vano, hermano,
esperarías una eternidad.

El agua está aún allí, callada,
pero esa agua ya no es el agua,
tu imagen vuelve allí a reflejarse,
pero esa imagen ya no es tu imagen,
la luna te mira desde el fondo,
pero esa luna ya no es la luna.

Si regresas al hogar, viajero,
y llamas en alta voz, en los cerros,
y golpeas con ira las aldabas,
y repites las señales secretas,
y te acercas al pozo taciturno,
y arrojas una piedra a sus aguas,

nadie te responderá, viajero,
nadie reconocerá tu voz,
ni reaccionará a tus señales.

Porque ya no eres el que se fue,
ni ellos son los que se quedaron,
y el pozo ya no es el pozo.

 

Calles

Entretejidas en un ordinograma
de locas direcciones dispersas
al azar de los vientos, al azar
de la loca estratigrafía,
fijas a las sinuosidades
desquiciante de tu terreno,

calles innumerablemente,
interminablemente sin fin,
zigzagueando entre una arquitectura
de prodigiosas alas combadas,
bifurcándose de súbito,
torciéndose y retorciéndose
hacia inverosímiles escondrijos
en los nudos ciegos del viento.

Vieja ciudad de viejos mástiles,
recorrería nuevamente
tu intrincada red de conductos,
cansaría mis pies hasta romperlos
caminando sin fin al azar
por tu inaudita planimetría,

sólo por sentir bajo mis plantas
otra vez la misteriosa voz
de tus gargantas oceánicas,
de tus náufragos y sirenas,
de toda tu población marina
sonando bajo el empedrado.

Volvería, Valparaíso,
a deslumbrarme, extasiado,
en el laberíntico diagrama
de tus calles infatigables,
infatigablemente andadas
y andadas por mis pies sonámbulos.

Volvería a subir Chorrillos,
descendería por Carampangue,
cruzaría nuevamente Errázuriz
hacia Bellavista, fascinado,
o torcería, desde Levarte,
hacia Pedro Aguirre Cerda, en lo alto,
y redoblarían mis pasos
persiguiéndose por Lecheros,
o trepando por El Peral,
o por Cummning, hacia Plaza Bismarck.

Extenuaría mis resistencias
por el zig-zag escabroso
de Camino Cintura, atando
los cerros indisciplinados,
o subiendo Almirante Montt,
y dispersándome en los cruces
hacia todas las direcciones,
hacia toda tu vertebración
incomprensible, Valparaíso.

Irían mis pies por Santos Tornero,
por Santa Elena, por Avenida Francia,
por Gran Bretaña, por Baquedano,
por Quebrada Verde, Altamirano,
por Monte Alegre, por Yerbas Buenas,
por Aduanilla, Bustamante, Clave,
Serrano, Esmeralda, Urriola,
Avenida Brasil, Prat, Condell,
Papudo, Uribe, Artillería,
La Matriz, Valencia, Mesilla,
Avenida Alemania, Larraín,
Obispo Villarroel, Plutarco,
Portales, Subida Placeres,
Ramaditas, Washington, La Cruz,

por todas tus calles diasporales,
en cuya mágica atmósfera
se deslumbró, Puerto, mi infancia,
y cuyos navíos a vela
me persiguen aún en el sueño,
me llaman desde tu congregación
de rutas atadas en el desorden.

 

Polizón

Tu vida un poema de nunca acabar,
una larga, interminable reflexión
del polizón que en tu íntima intimidad
su guarida, su claustro, su obscura celda.

No despertarás de tus ensueños,
no saldrás a la luz desde tu encierro,
hasta que un borbotón de tinta
salga de tu corazón y te aniquile.

Para entonces ya será muy tarde,
y el niño que se durmió en tu sueño,
y el adolescente que no fuiste,
y el joven envuelto en sus tinieblas…

Sí, ya será tarde para ellos,
ya será tarde para rescatarlos
de su nebulosa impenetrable
en tu interior de ciegos y sonámbulos.

Tu vida, entonces, un largo poema,
una metáfora indescifrable,
donde varias edades confundidas
y un polizón sobre tus párpados.