Autor Ecuatoriano

Raúl Serrano Sánchez

"La opaca luna de tu vientre"

Después de los primeros contactos, bloqueados por la entrometida de la abuela, no hice otra cosa que reunir y coleccionar todos los títulos, diplomas, medallas que garantizarían la dicha que Miriam se merecía, aunque para entonces el caballo y mi maldición no entraban en la colada. Miriam sabe que las noches con bostezos, el frío metiéndose entre los dientes, no fueron vanos. Ella busca respuestas sin rodeos, las quiere a sabiendas de que uno percibe todo, que postergó las tareas del juzgado y los proyectos solo para cumplir con las promesas firmadas a la abuela que la secuestró por haberle quemado un par de vestidos, obsequio de uno de sus indeseables amantes. Miriam le murmura al caballo lo que a ti te niega, le habla sabiendo que tendrás que descifrar cada gesto, cada movimiento de sus labios, de esa boca que te mordería y diría palabras sucias, las que se dicen los amantes cuando están combatiendo en la noche que Miriam o mi maldición, heredada quién sabe por mandato de qué demonio, no quiso convertir en luna de miel, pensando que te barajabas por esas oscuras, viles y diminutas venganzas tramadas para la hora de las flores, las caricias que con las amenazas de Miriam se convirtieron en una noche larga, inmensa como el mar por el que nos perdimos sin saber que el caballo llegaría a dominar mis días, los de ella, como un rey, como un Pinochet al que debes servir con buenos ojos, cuidado con poner esa cara de amargado, molesto, ¿qué te crees?

Nunca debimos planear ni realizar esa bendita luna de miel, Miriam, nunca. Sé que para ti era como hacer la primera comunión o bailar el Danubio azul vestida de rosado. Si nos hubiéramos quedado en mi cuarto de soltero, no te percatabas de nada, ni siquiera si era de noche, que uno debía torturarte hasta que el sol se regara por tu vientre, ese pedazo de manzana por el que se paseaban los ángeles, Miriam, que te hacían tan rara, llena de un aura que más de una vez me llevó a pensar que irse contigo a ver el otro lado de la vida, de seguro era una lotería. No he dejado de pensar en lo mismo desde la tarde que el caballo entró a la sala de nuestro nido, sin ánimo -el pobre no tiene la culpa- de ser mi enemigo. Pero al fin, ahí está con una Miriam que no se molestó en presentarnos, explicarle mira, él es de quien nunca te hablé, inventar cualquier mentira piadosa, decir que a partir del primer estrechón de manos pasaría tal y tal cosa, como para tomar ciertas precauciones, cambiar los planes que de alguna manera uno también tiene, ¿no?

Sin que Miriam quisiera justificarse, el animal pasó a nuestro dormitorio: se adueñó de la cama, mi ropa, los libros de Robert Bloch que se ha encargado de convertir en forraje. De pronto tuviste que acostumbrarte al sofá o a la mecedora de la sala, donde podías distraerte con la televisión. De a poco el caballo copó los rincones que alguna vez te pertenecieron. El cuarto de los hijos pasó a ser su cámara privada de meditación, entra ahí a dar coces [qué privilegio] a conversar con su sombra, mientras Miriam se atarea en la cocina preparándole los potajes más raros y mejor sazonados del mundo, lo hace con tanto empeño sabiendo que la espías, que esperas te lance un plato a medio hacer, cualquier sobra. Tienes que recibirlo con resignación, de no ser así desaparece con la mascota y todo lo que ahora le pertenece. Esperar a curarte de la maldición, es un premio que Miriam se lo daría a cualquiera, siempre y cuando se mantenga como la noche de sus amenazas y de todas las cervezas que te fuiste a beber con ese viejo lobo de mar que no paraba de hablarte de la batalla de Jambelí, los peruanos pidiendo perdón porque no se imaginaron, Miriam, que un renacuajo se tragara a una ballena, qué cosas, ¿lo sabías?

Creo Miriam que nunca debimos partir a ese hotel en donde, días antes, fui a compenetrarme con su misterio [lo confieso: nunca antes estuve en uno] a regar pétalos de flores, me habían dicho que así las mujeres pierden la cabeza y todo lo demás; preparé el terreno para una batalla que nunca pensaste sería memorable no solo por Miriam y sus amenazas, sino por el descubrimiento que no te explicas cómo es que no dio señales de vida cuando pudiste someterte a un régimen estricto, implacable, para superarlo; sabes que incluso podías adaptarte a los prodigios de un cirujano que hace maravillas con los que padecen de terrores como el tuyo, aunque tu mano Miriam hubiera sido más que necesaria, vital. Lo dicen los sicólogos que saben más que tú y el caballo que cada vez se parece a un marica: lo llenas [no lo digo por celos] de tanta chuchería que crees que no se merece un mínimo de respeto. Miriam sabe que si no fuera lo que soy, ya la hubiera denunciado con la sociedad que protege a los animales, incluso podría acusarla de violación y todo eso que ahora consta en la Constitución de la república, serio Miriam.

Nunca me han caído mal los caballos, todo lo contrario, los he admirado porque son como los sueños, vienen de bien lejos, desde esos días de los que Miriam poco o nada le gustaba saber si la abuela se dormía, si uno dejaba de ser el idiota que era, por eso apúrate, no pierdas tiempo, y tú buscabas como callarla Miriam, porque no lo tomes a mal, no es para que pienses que los santos todavía existen, aunque de pronto existen, entonces te movías, te dabas cuenta de que ese ejercicio la sacaba del mundo, tú ardiendo aunque lo demás se mantenía en su sitio, al fin todo tiene su hora, ¿mi amor, entiendes? Y Miriam ojos cerrados, preguntándome si por el cuello le bajaba lava, fuego, mete la lengua, no Miriam, no ves que la abuela puede despertar y todos nos vamos al infierno, qué infierno, no hay tiempo para palabras, no lo había porque tú Miriam te las tragabas como lo haces con el caballo cuando cae la noche y me dices anda a tu rincón, y uno tiene que seguir tus instrucciones como sucedía con la abuela a punto de abrir sus ojos de rana, cuidado. ¿Hasta cuándo debo tener cuidado, Miriam? No lo sé, lo he querido averiguar con ciertos amigos que te ven, que te dicen estás mal, anda donde un bioenergético, hazte una limpia de punta a punta, no seas pendejo, ¿o es que le estás dando como bombo en fiesta? no abuses, respeta los derechos de la esposa, arrecho. El caballo, su amante, sabe que uno la ha respetado más que cualquiera. Ya estoy cansado Miriam que creas que estoy maldito, que tendré que quedarme en el cuarto de los niños que espero te decidas a sacar de la cárcel donde crees que uno debe estar aunque para ti eso no sea nada extraño, siempre viviste dentro de una. Por eso, cuando te asomas carcajeándote con mi rival -lo es, Miriam, lo es- uno piensa que siempre le has pertenecido al demonio y no a tu abuela que aún espera le pagues lo que le debes, ¡tacaña!

Miriam no sabe lo que inventé ante los compañeros para quedar bien y ahorrarme las explicaciones innecesarias. Al fin uno la considera tanto que ha preferido imaginarla como parte de una película borrosa, con una Miriam audaz, insaciable, capaz de convertir al caballo en el de Troya y seguir gimiendo, aullando hasta que tienes que correr a ponerte cera, algodones en los oídos para evitarla, porque no escucha tus súplicas para que pare, no es para que saques las espinas Miriam y lo conviertas a uno en un espantapájaros que ya no se espanta ni así mismo, o es que crees que arrastrar una maldición como la que se arrastra es cosa de soplar y hacer globos, por favor, Miriam, detente. Los compañeros te felicitaban, de seguro algunos de ellos ni siquiera lo había soñado, padecían de maldiciones más deplorables que la tuya, Míralos Miriam, creen que tú y yo somos las pareja tipo, o sea que si te casas tienes que vivir y ser como ellos; aplausos. Olvidan que el triángulo es perfecto en la medida en que puedes contar con un intruso que se contenta con los baños de colonia, los potajes y masajes nocturnos que le da, y que a uno lo han ido secando sin haber intentado nada para evitarlo.

Desde que ella, la que debía ser mi mujer, decidió comprarse el caballo, las alternativas para salir del hueco han sido infinitas. Sé que si me deshacía de la maldición que apenaba a Miriam [supongamos que era así] estaba del otro lado. Emprendí una serie de búsquedas. Te consta Miriam que me dediqué por entero a devorar tratados sobre el asunto, consulté tanto que terminé agotando, extraviando más de la cuenta. No descarté a los parasicólogos, los cartománticos como el profesor Richard que me desplumó antes de que se metiera el balazo de alivio; coleccioné y tragué afrodisíacos de toda índole -lo sabes, cariño- hasta que una tarde, metido en el trolebús, descubrí que me había acostumbrado a la sombra del caballo, a los desplantes y displicencias de ti Miriam. No lo tomes como una derrota, no es para tanto. Tiempo en el que aprendí a fumar hasta por las orejas y analicé las posibilidades de acabar con esa maldición que de pronto le perteneció a un pariente cercano o lejano que no ha dejado de perseguirme, aguafiestas. Lo peor es que Miriam cada vez cambiaba más, incluso su rostro dejó de tener los rasgos que la hacían santa, tan pura que pensar que alguna vez te falló era como para ahorcarse. Y no porque creyera que Miriam comenzaba y terminaba donde se evapora la virginidad y su lista infinita de traumas, no señor.

Sí Miriam: la luna de miel es una trampa. Debí resistir, oponerme a tu demanda de luna con todas las de ley. Digo debí, porque la verdad es que a Miriam no puedes negarle nada de nada, ni siquiera el rencor; nadie te hubiera guardado las espaldas, evitado las vergüenzas que hasta la fecha se mantienen incólumes, con un trabajo donde llegas, te sacas de adentro, del fondo, a Miriam, la historia de que soy el que manda, el que define, dibuja, las posiciones, porque no hay nada como innovar, hacer de la cama un campo de batalla donde salir con vida es algo más que escapar con el cadáver de un caballo al que no has podido ver con la amabilidad -te esfuerzas- que Miriam impone. No has descartado echarle veneno, una inyección letal, Miriam gritando, loca, lo mataste, asesino, maldito, vuelve a tu maldición que no es culpa de Miriam, ni tuya, ni de Dios, quién sabe si de pronto las cosas cambian y el caballo se harta de ser tratado como un muñeco, o ya no es el que tortura, somete a una Miriam que de súbito se ha definido más fantasma que tu fantasma, o es idea tuya para engañarte con supuestos avances en territorios donde el caballo es un Napoleón al que no puedes ni pestañearle; no porque te deje quieto de por vida y tu maldición se vaya al infierno, si no por Miriam que quedaría triste, a solas con ese animal del que dudas porque de improviso puede cambiarla por una de esas mujeres que resultan demasiado alegres para que se siente a contarles -a su manera- lo que ha hecho y no la crean anormal o algo parecido, más aún si la ven paseando con un caballo al que ha bautizado con tu nombre para demostrarte, necio, que en ningún instante ha dejado de cumplir con sus promesas, y serte fiel por más que te suene a patraña, animal.


(Tomado del libro "Las mujeres están locas por mí", Eskeletra/El Universo, Quito, 1998)