Autor Ecuatoriano

 Rafael Arroyo Dávalos

 

Riobamba (1959). Artista plástico. Licenciado en Ciencias de la Educación. Mención Educación Básica.

 

LA HISTORIA DE BARTOLO

 

I

BARTOLO nació en el seno de una modesta familia, como cualquier otra de la especie humana.
En los primeros días era un angelito que llenaba de alegría a sus progenitores. Pero poco a poco esto iba cambiando.
A la edad de cinco años, el angelito era ya un monstruo, destructor y peleón; no obedecía a nadie.
En la granja donde vivía, un día se metió en el gallinero y a modo de juego, armado de un garrote arremetió contra las frágiles aves; con cada golpe que daba, reía a carcajadas, le parecía fantástico lo que hacia, veía con asombro, cómo cada indefensa ave volaba despedazada por los aires.
Lo hizo una y otra vez, hasta acabar con todas ellas.
Sin pensar en las consecuencias, ensangrentado, fue a casa.
Su madre, María, asustada lo tomó en brazos, buscando alguna herida en su cuerpo, y a la vez preguntando:

"Bartolo, hijo mío. ¡¿Qué te ha pasado?!"

Bartolo solo reía, sin decir nada.
En eso, su padre, Juan, que se disponía a dar de comer a las aves, observaba horrorizado y angustiado a sus pollos muertos brutalmente.
Corrió a casa, armándose de valor para defender de los vándalos a su familia, encontrando en el camino huellas de sangre y plumas.
La puerta estaba abierta; con mucho sigilo entró en casa, hallando a su mujer con su hijo bañado en sangre, de pies a cabeza.

Preguntó:

"¿Qué ha pasado aquí?"

María respondió:

"¡No lo sé!"

Mientras, Bartolo solo reía.
Juan, dándose cuenta de lo que el niño había hecho, lo llevó a darle un baño y una tunda por lo sucedido con las pequeñas aves.
Esto y muchas otras cosas más hizo Bartolo.

Con mucho sacrificio, sus padres le pusieron en la escuela, cuando el niño cumplía los seis años de edad, pensando que en ella cambiaría su comportamiento.
Muy equivocados estaban, puesto que Bartolo solo quería jugar o pelear; inclusive con sus maestros era desobediente.

No hacía sus tareas, no estudiaba, se pasaba el tiempo de clases pensando qué hacer en su casa, ideando juegos toscos.
Repitió tres veces el primer grado. Lo mismo sucedió con segundo y tercero; el cuarto grado no lo pudo aprobar.

 

II

Bartolo, con 18 años, fue echado de casa por sus padres, pues se había convertido en una amenaza para su seguridad.
Cuando salió, no imaginó lo que le pasaría; ya no tenía el abrigo, amor, alimento y vestimenta que en casa le daban. Fue un cambio bastante drástico para él, porque tenía que aprender a sobrevivir.
Comenzó a vagar por las calles, recogiendo desperdicios de comida en la basura.
Bartolo era temido por mucha gente porque siempre reaccionaba con furia.
Por las noches, dormía en una banca del parque. Algunas veces, recogía los granos que la gente botaba a las palomas para alimentarlas.
Una ocasión decidió pedir caridad: pero solo pudo estirar la mano, pues no sabía cómo hacerlo ni qué decir.
La gente se apartaba de él porque olía mal, tenía el pelo lleno de suciedad, la tez negruzca, reseca, lacrada; la mirada rencorosa, la vestimenta haraposa. En realidad, daba lástima mirarlo.
Así pasó el tiempo, hasta que un día, a la edad de 33 años, cuando ya no soportaba más su triste y humillante vida, decidió pedir ayuda a Dios, y al entrar en una iglesia cercana al parque donde pernoctaba, un sacerdote le sacó a empujones, porque no dejan entrar indigentes a ella.
Entonces, desde la puerta logró divisar, al fondo, a un Cristo crucificado.
Sin saber cómo rezar, sostenido por un palo que usaba de bastón, y encorvado por su debilidad, tembloroso, sólo pudo decir:

"¡Di… Di… Dios.

Ayú…, ayú…, ayúdame Di… Dios!"

Entonces escuchó unas palabras que venían de lo más profundo de su ser:

"Bartolo, cree en ti"

Le dio miedo esa voz y agachó la cabeza.
Puesto que ya no se le ocurría nada más, se fue de aquel lugar, pensando en esas palabras sin lograr entenderlas.
Un año después, tomó la decisión de volver a la misma iglesia y, mirando al mismo Cristo del fondo, dijo:

"Dios, hace un año que vengo pidiendo que me ayudes y no me has ayudado".

Al acabar de decir esto, escuchó la misma voz que le habló la vez anterior.

"Hace un año que vengo diciéndote que creas en ti y no has creído".

Bartolo dijo:

"Y ¿Qué es creer en mí?"

La voz del interior le contestó:

"Creer en ti es:
Pensar que todo lo puedes hacer, que nada es difícil, que no hay imposibles. Debes comenzar por perdonarte".

Bartolo preguntó:

"Y ¿cómo puedo perdonarme?"

La voz del interior contestó:

"Olvida el pasado".
"Comienza a cambiar tu presente, tu forma de ser, tu imagen".
"Repite todo lo que te he dicho cada momento, cada instante de tu vida y así lograrás lo que te propongas.
¡Jamás dudes de tus decisiones!"
"¿Quieres cambiar? ¡Comienza hoy!
¡Sé otro hombre en ti!
¡Tú puedes hacerlo!
En armonía con todos".

El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, agradeció a Dios y le juró cambiar.
Al instante escuchó la voz que le decía:

"No es a mí a quien debes jurar, es a ti a quien corresponde hacerlo".

Desde ese instante, la vida de Bartolo cambió drásticamente.

 

III

Comenzó repitiendo las palabras que esa voz le dijo que repitiera una y otra vez, día tras día:
"Yo puedo hacerlo, nada es difícil, nada es imposible, porque yo todo lo puedo hacer, y en armonía con todos".
Al poco tiempo, vio resultados positivos en su vida: comenzó a cuidar su imagen, su genio se transformó.
Ahora ayudaba a otros indigentes como él, lavaba su ropa, además comenzó a limpiar autos en la calle.
La gente, viendo su transformación, empezó a ayudarle con dinero.
Hablaba con las personas acerca de su vida pasada.
Fue fantástico su cambio. Consiguió una habitación; además adquirió libros y trataba de entenderlos, lo que fue difícil, pues había olvidado lo poco que aprendió.
Al cabo de un año decidió volver a la misma iglesia. Sin entrar y manteniéndose en el portón, como era su costumbre, dijo:

"Gracias Señor mío, por todo lo que has hecho por mí, por darme la confianza que necesitaba, hoy creo en mí".
"¿Sabes Señor?, decidí volver a estudiar, pues me hace falta, sé que lo voy ha lograr, tengo confianza de que será así".

Entonces escuchó la misma voz, que decía:

"Pero no seas el mismo Bartolo de siempre, tu transformación recién está por comenzar, sé fuerte, no te olvides del amor en ti, para ti y los demás".

Bartolo creyó que debía cambiar su nombre.
Y le agregó dos letras, desde hoy se llamaría: Bartolomé.

Ingresó a cuarto grado, hizo un gran esfuerzo por pasar de año, lográndolo al fin.

El quinto grado lo pasó con menor dificultad, porque ya se estaba adaptando al estudio; en este punto ayudaba a sus compañeros a entender las materias que su maestro les impartía.
Así continuó pasando uno detrás de otro los años hasta terminar la secundaria, llegando a obtener el premio como mejor estudiante de su colegio.
Al graduarse con honores, decidió seguir con los estudios universitarios, pero antes visitó la iglesia que siempre le acogía y, desde la puerta, dio las gracias a Dios:

"Gracias, señor mío, Padre de la creación, que moras en mí y mis hermanos, en la tierra y en el universo, gracias por darme la capacidad de entenderme y alcanzar mis metas".
"Gracias por enseñarme a creer en ti y en mí.
Te cuento, mi amado señor, que estudiaré Electrónica en la universidad; hoy, a mis 43 años sé que lo voy a lograr"

Bartolomé no solo pudo terminar esa carrera sino que estudió Ingeniería Aeronáutica, e hizo un doctorado con gran éxito.
En premio a su esfuerzo, consiguió trabajo en la NASA, a la edad de 56 años.
Cuando murió, tenía 66 años. Y gracias a su legado, la humanidad pudo avanzar rápidamente en el estudio de las estrellas.