Autora Ecuatoriana

Cesibel Ochoa Pineda

 

Zaruma (1985). Psicóloga Clínica. Coordinadora del Grupo de Creación Literaria La Pileta y profesora de la Universidad del Azuay.

 

LA GÁRGOLA


Como una vela, poco a poco y lentamente, se extinguían mis ganas. Era inútil vivir o seguir muriendo en mi propia desgracia. El corazón ya no funcionaba, estaba ausente; el cuerpo, desgastado. Inútil. Todo ya no era lo mismo. ¡El alma en el piso…!
Estaba en una casa, aislada, como siempre. Sola con mis fracasos, con mis sueños vedados. Siempre me acompañaba una gárgola, indiferente y pálida.
Una flor me dijo: "El desierto no es solo muerte: es calor, sol y belleza". ¡Esa flor no sabe nada!, pensé.
Preparé un café y leí un libro. Me bebía con placer cada palabra, cada frase, y poco a poco se nubló mi cuarto, yo creo, consecuencia de mi falta de amor; pero así como se nublaba, empezó a latir mi corazón. Me bebí el café también, y tan bien me sentó que preparé otro y le ofrecí un poco a la gárgola. Le encanta su sabor amargo, quizá porque ella misma tiene un gusto parecido a los granos de café, siempre tan amargos -aunque parezca absurda la comparación….
Eran las tres de la tarde. Salí a caminar un poco para refrescar las ideas, o talvez para conocer a alguien que pudiera entender mi caos…
Paso a paso y en cada vereda sentí el aroma de lo fresco, de lo cálido; el perfume de algunos árboles me mareaba, lo que me hacía a cambiar inmediatamente de rumbo. ¡Es posible que ciertas personas sean como esos árboles!
Llegué hasta un museo, no parecía interesante, pero quise entrar de todas maneras. Había réplicas de momias, candelabros, duendes disecados, arañas con los ojos en los muslos, gatos con tres ojos y sin bigotes, casitas sin techo y un sinnúmero de cosas comunes. ¿¡Por qué tienen que estar estas cosas en un museo si las venden a la vuelta de la esquina!? Creo que el mundo se está convirtiendo en un monumento al absurdo…
Me senté en una sillita de un pequeño parque, abrí mi bolso, y no encontré mi libro… ¡Qué tragedia! En esta ciudad es un delito no leer, pero que no sepa nadie, que no se diga que no tengo buena literatura conmigo; me van a tildar de anticuada… ¡y no solo eso!... Estaba intranquila, en realidad soy mala actriz. Un tipo se me acercó y pudo entender, con solo mirarme, que algo me hacía falta. ¡Me guiñó un ojo y me ofreció un librito! Me puse como loca, pero no le hice notar -eso creo-. Me escuchó y luego se fue. ¡Creo que le agradó mi desorden mental! Al parecer, no se extrañó del ridículo sombrero que llevaba puesta, ni de las innumerables historias absurdas que le conté. Yo creo que él pensó que tengo esquizofrenia o, talvez, gripe… En fin, no importa lo que él haya pensado, pero creo que le gusté un poco…
Era un tanto pequeño, y fumaba uno de esos tabacos pasados de moda; de los que tienen tres puntas y desprenden humo verde… Me encantaría volver a verlo…
Llegó la noche… Es tan relajante escuchar el sonido del río y ver las estrellas, pero tuve que irme porque estaba haciendo frío y amo, como nadie, el placer casi misterioso de dormir (lo reconozco, soy un poquito perezosa…).
Me gusta conversar a solas con mis pensamientos, son tan absurdos que me divierten mucho. Justamente, me imaginaba un perro con tres colas, (normalmente, tienen 6). Qué chistoso es verlos con sus rabos entre las patas… Ahora me pondré algo abrigadito y comeré antes de acostarme, pensé. Tenía ganas de escribir, pero la gárgola me disuadió y me dijo que es mejor que duerma. Ella quería ir a volar por la ciudad, lo sé. ¡Mañana me contará las novedades!

Daban las 8 de la mañana. Fui a ducharme. Es delicioso refrescarse a esa hora; salí a caminar con la esperanza de ver de nuevo al extraño del parque. No lo conseguí. Será otro día. Necesitaba algo de comida y unas velas y unos discos de música clásica y de los ochentas y unas cuantas camisetas. Recorrí la ciudad con mi triciclo de última generación, siempre me han gustado las cosas modernas, son tan prácticas... La gente era muy amable conmigo. Pensé seriamente en no ser fatalista. Mientras pasaba por un sendero florido, lo encontré sembrando margaritas. Es un buen ciudadano, y me encanta. Nos saludamos. ¡Nada cuesta ilusionarse! Igual, la vida no es más que una fantasía.
Iniciamos una bella amistad. Intercambiamos textos, fotos, cartas, y poco a poco nos enamoramos.
Mi vida ya no era caos. Era una fiesta de espíritus libres. Un día salimos a un bar con la gárgola; no quería que se sintiera desplazada. Nosotros pedimos café, la gárgola prefirió comerse al mesero, ¡es tan salvaje!, a veces me avergüenza… Lo bueno es que cuando lo digiera lo llevará de vuelta…
Un fin de semana decidimos, él y yo, salir a caminar; queríamos conocer la catedral de roca. Cuando llegamos me sentí extasiada (valió la pena caminar tanto). Era magnífica. Creo que las cosas sencillas son, en realidad, las mejores. Disfrutamos del lugar. Nos quedamos algunas horas allí. Estábamos sentados disfrutando del viento helado, entonces llegó un grupo de duendes e iniciaron una danza enigmática. Todos eran amistosos. Se quedaron poco tiempo, nadie los vio alejarse.
Regresamos. Él tenía una casa en el campo y fuimos hasta allá. Puse algo de Emma Shapplin, mientras él preparaba la cena; luego arreglé la cama. La comida, muy suave, estuvo deliciosa. Fuimos al cuarto. Él buscó unas pantuflas y yo, algo para arroparme, aunque la ropa, en ese momento, quedaba sobrando…
Así pasamos dos años juntos, él, la gárgola y yo. Salíamos abrazados por senderos de tierra olorosa, comprábamos libros, nos dibujábamos cosas en la barriga, comprendíamos nuestro caos. Soñábamos. ¡Los sueños son tan vívidos como el baile!, pensé. Con él aprendí a soportar a alguien más que a mí, me enseñó que una vida llena de resentimiento solo me afecta a mí… En realidad he sufrido mucho, pero la vida también es eso: dolor.
¡Nunca nada es perfecto! Creo, eso da belleza a las cosas, pero en este caso, en realidad, no fue así. Él salió solo al parque donde nos conocimos, quizás como un ritual para agradecer lo acontecido allí. Yo preparaba el postre que más le gustaba: ¡Un café endulzado con miel de insectos, y queso de flores hecho trocitos! Tristemente me di cuenta que mi amor no había llevado su libro. Eso fue una desgracia. Fui corriendo hacia el parque, pero no pude dárselo. El verdugo le disparó en el costado y lo mató… Quise morir también. Me fui a ese museo absurdo que quedaba cerca y compré tres hongos: uno le puse en la frente; otro, en el corazón; y el último, entre sus manos. Lo llevé a la catedral de roca, y allí lo dejé…
De eso ya hace mucho tiempo. Solo quedan nuestras fotos, los recuerdos, las cartas, la gárgola y mi dolor.